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Nota 1304- (3ª Época)

De esto y aquello

ene. 28, 2018 13:00

en Opinión

Por el Dr. Felipe Martínez Pérez

Si el pueblo o los pueblos, es decir sus gentes o los paisanos, si se prefiere, olvidan los hechos sucedidos y sus entresijos, en sus propios lares o en la nación entera, es de suyo que nunca se dará el futuro en óptimas condiciones por  desasosiego permanente. Y en tal caso, no cabe duda, que algunos paisanos adictos a la perversidad han de relamerse de alegría. Y para más inri, aquellos que  por estos pagos andan sueltos, con aires de grandes señores y yo no he sido, no dejan de medrar  y acrecerse; al tiempo que disponen de días y días para escribir la historia como se les canta.  Es decir, tergiversando hechos, ideas e ideologías, olvidando a los grandes artífices del pasado o silenciando a los de peso del presente. Y  trayendo a colación seres que poco han dado a la patria, o solo dolores de cabeza. Lo hemos visto de forma intespestiva. Curiosamente, a pesar de los cambios no cesa la mala leche.

     Y estos son los que pretenden hacerla de nuevo, destrozando lo anterior y si bien es cierto que hasta ahora no ha habido quema de libros, y que es de suponer que las bibliotecas son intocables, se podrá pensar que algo perdurará, escondido, hasta que algún día alguien dispondrá las cosas en su sitio, claro que mientras tanto han pasado años y los alumnos del desatre han sembrado a la vez. Pues quienes tenían la verdad en sus libros o en la oralidad han desaparecido por cuestiones naturales. También los causantes han desaparecido. Aunque para remediar el asesinato de la patria tienen que pasar dos o tres generaciones; y ello suponiendo que a nivel oficial se trabaje bien, en consonancia con la verdad, y refrescar los documentos en aquello tenido por verdad desde inmemorial.

     En una palabra, azorados asistimos a la ruptura pero es imposible saber si algún día se zurcirá otra vez. No hace falta ser ducho en historia para tener conciencia del menoscabo a los presentes  y  a quienes vendrán. Y la están escribiendo porque en la actualidad a la gente, y en particular a la juventud le importa tres pimientos quien era Sarmiento, que ha hecho o escrito, y que significan personajes de esa estatura para la  nación que los ha tenido; y situarlos, por ejemplo, al lado de baradeles  a ver que pasa con los platillos de la balanza. Por aquí se está escribiendo la historia como se le antoja a una cohorte de jodidos patrios que por si no bastare continúan ocupando cargos públicos que les permiten auparse a cimas jamás soñadas, solos o con los aplausos de su rebaño, y sin careta descomponen la sociedad. 

     Y lo perpretan como si eso fuera palabra santa, y a buena parte del personal le parece bien y los unos y los otros asisten a un grupo de descompuestos  fascinerosos  que además nadie les pone coto; y gracias a sus malas luces imponen la oscuridad. Y para ello detentan la forma de imponer el olvido; es como si usaran permanentes y bajas dosis de mandrágora, para que cunda el olvido o sea, formentar anestesiados, que de eso se trata. Que las sociedades andan anestesiadas, y es de suponer que al paso que se anda en ello seguirán. El olvido, da pie para fabricar otros presentes, aunque serían inactuales e inservibles y de mentira. Estos personajillos no necesitan fómulas, les basta con pegar cuatro gritos y directamente sacan del medio lo que estorba: la verdad, los libros, los debates. Y en actos solemnes izan el ovido, a la vez que matan el recuerdo.

     Y se está tardando demasiado en tornar al gran pasado nacional, como si no importara o no hubiera apuro. Al punto que hoy se habla de la distopia mientras se relega a la utopía movilizadora.  Cierto que la utopía parece una quimera por la imposibilidad de llegar a la perfección social. Es de suponer que la utopía no puede cuajar, pero sirve, como de hecho ha servido para empujar y acelerar las distintas capacidades del hombre; es de alguna manera base del desarrollo. Ahora bien, no cabe duda que la utopía sirve, entre otras cosas, para soñar y hacer más inteligible la realidad. Hoy las utopías no son bien vistas. Se las rechaza.

     En realidad, lo que se lleva es la distopia que no erige el futuro ni le importa en demasía, por el contrario se limitan a traer a colación un repertorio de sociedades esclavizadas; claro que sin ardor revolucionario, solo pasar revista. De eso se compone la postura.  Por supuesto, los esclavos en la actualidad no son como aquellos de la lejanía con  grillos y cadenas. En la actualidad es más fácil. En particular si se echa al desván y al olvido la utopía. Se presentan tiempos distópicos y se inunda la realidad de  posverdad. Que visto por el revés es algo así como anegar con mentiras el pasado. Porque a poco que se arañe en la superficie de estos vocablos se advierte que la posverdad equivale a la mentira. O por lo menos está infectada de ella.

     Posverdad y mentira coinciden; deambulan sin entrar a saco en los grandes asuntos. Frases rimbombantes que hacen ruido, pero a un lado quedan las  nueces. Juegan con la realidad e inventan tópicos y al cabo surge el destrozo. O sea, que la mentira surge de inventar otra historia que desconozca y olvide todo lo anterior; porque justamente, el pasado les incordia para coronar su faena.  Y al cabo, la posverdad sirve para anestesiar cerebros y destrozar  aspiraciones mediante falsas ideas. Parten del hecho fehaciente, de que las gentes se han divorciado de la cultura y son más proclives a las ideas falsas. Quienes están en retirada, aunque tardan, son capaces de mentir   acerca de las verdades a la vista, y mucha gente se lo cree.  Y si usted está con paraguas porque llueve, los balis dirán convencidos que hace sol, y si a usted le ha mermado el cerebro, se  va a la playa. Esa es la posverdad.

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